Perfección o adicción a la perfección

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Muchos hemos escuchado cosas como estas a fin de justificar alguna acción indebida: «¡Es que soy perfeccionista!».

La perfección parece algo grande y hermoso que se debe alcanzar. Sin embargo, ¿es posible desde el punto de vista humano? En estos días meditaba sobre la perfección y a mi mente vino el libro de Génesis que nos narra que Dios miró su creación y dijo que era buena. En otras palabras, era perfecta.

Entonces comencé a desglosar este tema y me preguntaba por qué pensamos que ser perfectos es un requisito para recibir amor. Por mucho tiempo he luchado con la perfección donde a menudo me he saboteado a mí misma con estos pensamientos: «Nunca seré suficiente» o «¿Y si no doy la talla?». Ante esto, algo dentro de mí gritaba: «¿Cuándo entendiste que debías ser perfecta? ¿Dónde aprendiste eso? ¿Quién te dijo que Dios solo te amaría si nunca fallas? ¿Quién te dijo que mi amor depende de tu perfección?».

En ese momento pude entender que nuestra adicción a la perfección es una conducta aprendida desde que el ser humano quiso ser igual a Dios.

Muchas veces lo que esperaba era que la gente aceptara mi propio estándar de perfección. Como resultado, se hiere a las personas, se les exige cosas que no tienen sentido, se pretende que nos entiendan sin darles siquiera una explicación.

Cuando desarrollamos un molde de perfección hecho a nuestra medida, miramos a la gente a través de nuestro lente lleno de nosotros mismos en vez de hacerlo a través del lente de Jesús.

Es más, a través del lente de Aquel que decidió amarnos aun sabiendo cuántas veces iríamos a fallar, a través del lente de un Dios que no vive en nuestro tiempo, un Dios que vio nuestro pasado, y ve nuestro presente y nuestro futuro. Nuestro trabajo no es que seamos perfectos, y no digo esto como excusa para ser mediocres, sino para que sepamos definir lo que requiere Dios de nosotros. Nuestro Dios se perfecciona en nuestra debilidad. Como es lógico, en la debilidad no existe la perfección, sino la vulnerabilidad, y en la vulnerabilidad no hay perfección. La vulnerabilidad es el lugar donde tu corazón está abierto por completo, donde se revelan tus más oscuros deseos y debilidades, y donde Dios puede engrandecerse.

La adicción a la perfección nos priva del privilegio que solo está disponible para quienes deciden ser vulnerables y transparentes ante Dios.

Él no se sorprende por tus pensamientos, tus deseos, tus fallas ni tus imperfecciones, pues ya los conoce. A pesar de eso, en tus manos está el entregárselos a Él.

Lo más bello y reconfortante que Dios nos ha regalado es saber que Él no vive en nuestros tiempos, sino que nuestros tiempos viven en sus manos.

Él no vive en nuestros tiempos, pero conoce absolutamente todo lo que pasó, lo que está pasando y lo que va a pasar, y aun así decide amarnos. ¿Cuántos de nosotros podríamos decir que estaríamos dispuestos a saber quienes nos van a fallar y optar por seguir amándolas sin condiciones?  Dios, en cambio, decidió amarnos aun sabiendo todo lo malo que podríamos hacer.

Amigos, lo que logra la adicción a la perfección es separarnos de un Dios que sí es perfecto. Propongámonos dejar la «perfección» a un lado, dejemos de exigirles perfección a los que nos rodean y busquemos amar más, servir mas, aceptar más… solo así estaremos más cerca de mostrarle al mundo a Aquel que sí nos ve perfectos.

Lorraine Blancovitch

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